Análisis de la Influencia Cultural entre Tradición y Modernidad de la Arquitectura de Ecuador y Corea

 

Analysis of Cultural Influence between Tradition and Modernity in the Architecture of Ecuador and Korea

 

Análise da influência cultural entre tradição e modernidade na arquitetura do Equador e da Coreia

 

Biannca Shalemsalef Parraga Mogroñeda*

 

 

 


Abstract

Collective memory is an essential component in shaping cultural identity and urban development. This study analyzes how architecture materializes collective memories, articulating tradition, innovation, and cultural sustainability in different contexts: Ecuador and South Korea. Despite their differences, the two cases coincide in the idea that architecture is an active type of memory, a space between the local and the global, between the past and the future. A comparative, qualitative, and bibliographical approach is employed, complemented by the analysis of emblematic cases such as the Gyeongbokgung Palace, the Hanok, and vernacular architecture in Manabí. Findings show that memory preservation is not incompatible with technological innovation; on the contrary, when integrated critically, it strengthens social cohesion, identity, and urban resilience. Research highlights the need for comprehensive policies, citizen participation, and critical regionalism strategies to address the challenges of globalization, promoting sustainable and culturally relevant urban development.

keywords. Traditional architecture, cultural influence, Ecuador and Korea Modernity and heritage.

 

Resumen

La memoria colectiva constituye un componente esencial en la configuración de la identidad cultural y el desarrollo urbano. Este estudio analiza cómo la arquitectura materializa memorias colectivas, articulando tradición, innovación y sostenibilidad cultural en contextos distintos: Ecuador y Corea del Sur que a pesar de sus diferencias, los dos casos coinciden en que la arquitectura es un tipo de memoria activa: un espacio intermediario entre lo local y lo global, entre el pasado y el futuro. Se emplea un enfoque comparativo, cualitativo y bibliográfico, complementado con el análisis de casos emblemáticos, como el Palacio Gyeongbokgung, Los Hanok y la Arquitectura Vernácula en Manabí. Los hallazgos evidencian que la preservación de la memoria no es incompatible con la innovación tecnológica; al contrario, cuando se integra de manera crítica, fortalece la cohesión social, la identidad y la resiliencia urbana. La investigación resalta la necesidad de políticas integrales, participación ciudadana y estrategias de regionalismo crítico para enfrentar los desafíos de la globalización, promoviendo un desarrollo urbano sostenible y culturalmente pertinente.

Palabras clave. Arquitectura tradicional, influencia cultural, Ecuador y Korea, Modernidad y patrimonio.

Resumo

A memória coletiva constitui uma componente essencial na configuração da identidade cultural e no desenvolvimento urbano. Este estudo analisa a forma como a arquitetura materializa as memórias coletivas, articulando tradição, inovação e sustentabilidade cultural em contextos distintos: o Equador e a Coreia do Sul, que, apesar das suas diferenças, coincidem no facto de a arquitetura ser um tipo de memória ativa: um espaço intermediário entre o local e o global, entre o passado e o futuro. Utiliza-se uma abordagem comparativa, qualitativa e bibliográfica, complementada com a análise de casos emblemáticos, como o Palácio Gyeongbokgung, os Hanok e a arquitetura vernácula em Manabí. Os resultados evidenciam que a preservação da memória não é incompatível com a inovação tecnológica; pelo contrário, quando integrada de forma crítica, reforça a coesão social, a identidade e a resiliência urbana. A investigação destaca a necessidade de políticas integrais, participação cidadã e estratégias de regionalismo crítico para enfrentar os desafios da globalização, promovendo um desenvolvimento urbano sustentável e culturalmente pertinente.

Palavras-chave. Arquitetura tradicional, influência cultural, Equador e Coreia, modernidade e património.

 

INTRODUCCIÓN

“La memoria es una parte intrínseca de la arquitectura, porque sin saber dónde hemos estado, no tenemos idea de hacia dónde vamos”. — Daniel Libeskind.

La arquitectura trasciende su condición material para convertirse en una construcción simbólica de la memoria colectiva. No se limita a la configuración de formas o al uso de materiales, sino que actúa como un lenguaje que codifica las experiencias, los valores y las aspiraciones de una sociedad. En el caso ecuatoriano, como en cualquier otro territorio, la arquitectura constituye un registro tangible de los procesos históricos y de las dinámicas culturales que han modelado la identidad nacional. Cada espacio edificado testimonia una negociación constante entre la permanencia y el cambio, entre la memoria y la transformación.

En el contexto contemporáneo, marcado por la globalización y la difusión acelerada de modelos arquitectónicos homogéneos, la defensa de las raíces culturales se convierte en una tarea crítica. La tensión entre lo local y lo global interpela directamente a la práctica arquitectónica y exige repensar las formas en que la tradición puede dialogar con la innovación sin ser condicionada por ella. De ahí surge una cuestión esencial: ¿cómo puede la arquitectura contemporánea integrar la herencia cultural sin reducirla a un mero recurso estético o simbólico, y al mismo tiempo responder a las exigencias tecnológicas, urbanas y ambientales actuales?

Ecuador y Corea del Sur representan dos realidades distintas, pero convergentes en su propósito de preservar la memoria histórica y cultural mientras avanzan hacia una arquitectura contemporánea con identidad propia. Este estudio compara críticamente los enfoques y estrategias adoptados en ambos países para articular tradición e innovación en sus procesos de producción del espacio.

Más allá del contraste descriptivo, este análisis propone comprender la arquitectura como un medio de construcción de valor territorial y cohesión social, donde la cultura actúa no como ornamento, sino como fundamento epistemológico y político del desarrollo. En esta perspectiva, el acto de proyectar implica un ejercicio de mediación entre la memoria y la contemporaneidad, capaz de generar propuestas contextualizadas que fortalezcan la identidad local sin renunciar a los desafíos globales del habitar.

La memoria colectiva y su vínculo con la arquitectura

La memoria colectiva ha sido comprendida como un proceso social dinámico mediante el cual las comunidades reconstruyen el pasado desde el presente, dotándolo de significado compartido y legitimando así su identidad. Maurice Halbwachs (2004) sostiene que “la memoria colectiva es una reconstrucción del pasado en el presente, cargada de significado y sostenida por la comunidad, donde cada individuo recuerda desde su posición particular dentro del grupo social”. En sintonía, Pierre Nora (2008) introduce el concepto de lugares de memoria, definidos como “toda unidad significativa, de orden material o ideal, que la voluntad de los hombres o el trabajo del tiempo convirtió en elemento simbólico del patrimonio memorial de una comunidad” (p. 111).

En el campo arquitectónico, Daniel Libeskind amplía esta comprensión al afirmar que “la arquitectura es una memoria humana colectiva que conecta a las personas a través del mundo y del tiempo”, subrayando además que “el suelo y los edificios están arraigados en la memoria del lugar de forma física y directa, por lo que la arquitectura debe ser memorable para no desaparecer de la historia” (Gardinetti, 2023). Desde esta perspectiva, la memoria colectiva no se limita a un registro pasivo del pasado, sino que constituye un terreno en disputa, donde confluyen narrativas, intereses y visiones múltiples. En ese contexto, los espacios públicos no son simples contenedores de recuerdos, sino escenarios activos en los que se negocian significados, se materializan símbolos y se consolidan experiencias sociales, políticas y culturales.

La arquitectura, entendida como manifestación simbólica y cultural, desempeña un papel esencial en la preservación de la memoria y la identidad colectiva. Amos Rapoport (1972) define la arquitectura vernácula como aquella que surge de un contexto geográfico, climático y cultural específico, respetando tanto al medio físico como a sus habitantes. Esta forma arquitectónica, nacida de la tradición popular, traduce inconscientemente la cultura en materia construida, reflejando los deseos, valores y modos de vida de una comunidad sin la mediación de arquitectos profesionales.

Desde un enfoque filosófico, Paul Ricoeur considera la memoria como un proceso fundamental para la resiliencia social. Para él, la memoria colectiva permite a las comunidades reconstruirse, mantener su identidad y reinterpretar sus heridas, haciendo posible la narración del pasado y la proyección del futuro. En ese sentido, la memoria opera como una forma de resistencia simbólica frente al olvido, fortaleciendo la cohesión y la continuidad cultural incluso en contextos de transformación.

En su dimensión simbólica, la arquitectura actúa como un medio tangible que materializa principios, creencias y tradiciones, al mismo tiempo que responde a los cambios sociales y ambientales contemporáneos. A través de sus formas, materiales, ornamentaciones y disposiciones espaciales, la arquitectura comunica significados colectivos y consolida la identidad de una comunidad. Ejemplo de ello es la arquitectura vernácula, que recurre a materiales y técnicas locales para expresar la historia, el clima y las costumbres de una región (Dök Mimarlık, 2024). De igual forma, edificaciones emblemáticas —templos, palacios o centros culturales— funcionan como espacios de memoria que condensan la historia y los valores compartidos (Castaneda Silva, 2024).

Figura 1. Palacio de Gyeongbokgung

 

 

 

 

Nota: El palacio Gyeongbokgung ubicado de Corea del Sur como ejemplo de lugar que guarda memoria e identidad colectiva. Tomada de (Agoda, 2025)

La arquitectura, sin embargo, no permanece estática frente al avance tecnológico y las transformaciones sociales. La globalización ha introducido nuevas técnicas —como la prefabricación o el diseño ecológico— que, si bien aportan eficiencia e innovación, también desafían las prácticas tradicionales y reconfiguran los vínculos culturales (Dök Mimarlık, 2024). Este proceso genera entornos arquitectónicos híbridos, capaces de integrar diversidad y adaptarse a contextos cambiantes, aunque con el riesgo de diluir las identidades locales.

Rem Koolhaas, en La ciudad genérica (1995), ofrece una crítica incisiva a esta tendencia, al describir entornos urbanos desprovistos de singularidad, donde la funcionalidad y la estandarización reemplazan a la memoria y al sentido de pertenencia. La homogeneización, advierte, convierte a la ciudad en un espacio intercambiable y anónimo, subordinado a las lógicas del capital global. Esta condición, más que un mero problema estético, constituye una amenaza para la diversidad cultural, debilitando los cimientos simbólicos que han sostenido la identidad de las comunidades. No obstante, el propio Koolhaas reconoce la inevitabilidad de este proceso e invita a explorar nuevas formas de significado y apropiación dentro de la fluidez contemporánea.

En la actualidad, la arquitectura enfrenta el riesgo de perder autenticidad en un contexto dominado por la inmediatez y la difusión masiva de modelos estéticos uniformes. Este fenómeno promueve diseños que priorizan la apariencia visual sobre la pertinencia cultural, desconectando las edificaciones de su entorno histórico y ambiental. Las construcciones dejan de ser testimonio de experiencias colectivas para convertirse en objetos de consumo visual, donde las huellas del pasado —aquellas que configuran la identidad y la memoria— tienden a ser borradas.

En América Latina, y particularmente en Ecuador, este fenómeno ha derivado en una tensión entre la modernización y la preservación de los valores culturales. La globalización, al imponer lógicas productivas y estéticas externas, ha generado una erosión progresiva de la identidad arquitectónica local. Ante ello, el regionalismo crítico emerge como una postura de resistencia que busca conciliar la modernidad con las condiciones específicas del lugar —el clima, los materiales, la cultura y la topografía— (Frampton, 1983). Más que un retorno nostálgico al pasado, este enfoque propone reinterpretar la tradición de manera crítica, incorporando sus principios esenciales a las demandas del presente.

Kenneth Frampton, en Hacia un regionalismo crítico (1983), plantea que esta corriente no implica reproducir formas vernáculas de manera literal, sino integrar los valores culturales y ambientales al pensamiento arquitectónico contemporáneo. El regionalismo crítico, por tanto, se erige como una estrategia para preservar la memoria, promover la resiliencia social y fortalecer la identidad cultural frente a los procesos de homogeneización global.

Teoría de la memoria colectiva

La teoría de la memoria colectiva, formulada inicialmente por Maurice Halbwachs (1950), constituye un referente fundamental para comprender la relación entre memoria, identidad y espacio. Halbwachs argumenta que los recuerdos no existen de manera aislada en la mente individual, sino que se construyen socialmente dentro de marcos colectivos. La memoria, en este sentido, se configura como una práctica compartida que permite a los grupos sociales mantener la continuidad de su identidad a través del tiempo, reinterpretando el pasado según las necesidades del presente.

Esta perspectiva rompe con la idea de la memoria como depósito estático de hechos, para situarla como una práctica dinámica, relacional y simbólica. En el ámbito de la arquitectura, esta concepción permite comprender que los espacios construidos no solo registran acontecimientos históricos, sino que son escenarios activos donde las comunidades reafirman su sentido de pertenencia, reconstruyen sus relatos y proyectan sus aspiraciones.

Pierre Nora (1989), al introducir el concepto de lieux de mémoire o “lugares de memoria”, amplía este enfoque al señalar que, frente a la erosión de la memoria viva por efecto de la modernidad, las sociedades crean espacios, monumentos y rituales destinados a preservar sus recuerdos colectivos. Estos lugares se convierten en hitos materiales y simbólicos donde convergen la historia, la identidad y el sentido de comunidad. En ellos, la arquitectura cumple un papel esencial al materializar en la forma construida aquello que las palabras no alcanzan a expresar: el vínculo entre pasado, presente y futuro.

Desde una lectura contemporánea, autores como Paul Ricoeur (2000) profundizan esta visión al afirmar que la memoria es inseparable de la narración. Recordar implica reconstruir un relato del pasado que da sentido a la experiencia humana, pero también supone una selección y una interpretación. En consecuencia, la memoria colectiva es una construcción política, atravesada por relaciones de poder, tensiones sociales y disputas simbólicas sobre lo que debe ser recordado u olvidado. Este carácter selectivo revela la dimensión crítica del espacio arquitectónico como contenedor de memorias: todo acto de conservación, restauración o intervención implica una toma de posición frente a la historia.

Desde esta perspectiva, la arquitectura deja de ser un mero soporte de la memoria para convertirse en un agente que la produce, la transforma o la silencia. Las decisiones sobre qué edificios preservar, qué tipologías reproducir o qué estilos promover reflejan las jerarquías culturales y los discursos dominantes de cada época. Así, la memoria colectiva no solo se manifiesta en la permanencia de los objetos arquitectónicos, sino también en sus ausencias, demoliciones o sustituciones, que expresan los cambios de valores y las reconfiguraciones identitarias de una sociedad.

En el contexto latinoamericano, la teoría de la memoria colectiva adquiere particular relevancia al articularse con procesos históricos de colonización, resistencia y reconstrucción identitaria. La arquitectura, como manifestación tangible de estas dinámicas, ha servido tanto como instrumento de dominación cultural como de afirmación local. Los espacios urbanos de las ciudades coloniales, las plazas cívicas republicanas o las viviendas vernáculas rurales se constituyen en escenarios de disputa simbólica donde conviven, en tensión, los legados del pasado y las aspiraciones de autonomía cultural.

Esta lectura crítica invita a repensar la práctica arquitectónica contemporánea más allá del objeto construido, comprendiendo la memoria como un campo de negociación permanente entre lo material y lo simbólico, entre lo que se conserva y lo que se transforma. El arquitecto, en consecuencia, asume un rol de mediador entre las narrativas del pasado y las demandas del presente, articulando soluciones espaciales que no solo respondan a criterios funcionales o estéticos, sino también a valores de pertenencia, justicia histórica y sostenibilidad cultural.

En esta línea, la memoria colectiva se configura como un principio ético y epistemológico que orienta la producción arquitectónica hacia la preservación del sentido cultural de los lugares. La incorporación de esta perspectiva en el diseño, la planificación y la gestión del territorio permite resignificar el patrimonio construido como recurso activo de desarrollo social, más que como objeto pasivo de conservación.

La arquitectura como expresión de la identidad cultural

La arquitectura, más allá de su dimensión material y funcional, constituye una manifestación simbólica de la identidad cultural. En ella se condensan los modos de habitar, las creencias, los valores y las aspiraciones de una sociedad. Cada elemento constructivo —desde la disposición espacial hasta la elección de materiales— expresa una cosmovisión particular y un sistema de relaciones entre el ser humano, su entorno y la comunidad a la que pertenece. En este sentido, la arquitectura no solo representa la cultura, sino que la produce y reproduce mediante el acto de construir y habitar.

La identidad cultural, entendida como el conjunto de significados compartidos que otorgan sentido de pertenencia a un grupo social, se materializa en el espacio construido a través de símbolos, formas y prácticas. Tal como plantea Lévi-Strauss (1964), la arquitectura es una “lengua de signos” que permite decodificar las estructuras mentales de una sociedad. A partir de esta lectura estructuralista, el edificio y la ciudad pueden interpretarse como textos que narran la historia colectiva y revelan los valores que sustentan una cultura.

Sin embargo, la globalización contemporánea ha tensionado esta relación entre arquitectura e identidad. La difusión acelerada de modelos arquitectónicos estandarizados ha generado una homogeneización formal que amenaza con diluir la diversidad cultural de los territorios. Autores como Marc Augé (1993) han advertido sobre la proliferación de los no-lugares, espacios carentes de identidad y memoria que emergen de la lógica del consumo y la movilidad global. En ellos, la experiencia del habitar se desvincula del contexto, dando lugar a una arquitectura de la neutralidad, sin raíces ni referencias simbólicas.

Frente a esta tendencia, la recuperación del sentido cultural del espacio se vuelve un imperativo ético y proyectual. Kenneth Frampton (1983) propone el regionalismo crítico como una vía para resistir la uniformidad global, reivindicando las condiciones específicas del lugar —clima, topografía, materiales, tradiciones— como fuentes legítimas de inspiración arquitectónica. No se trata de un retorno romántico al pasado ni de una negación de la modernidad, sino de una reinterpretación crítica que incorpore la memoria y la identidad como componentes activos del proyecto arquitectónico contemporáneo.

Este enfoque resulta particularmente relevante en contextos como el ecuatoriano, donde la diversidad cultural y geográfica constituye una fuente de riqueza expresiva y simbólica. Desde las viviendas vernáculas de la Sierra y la Costa hasta las construcciones comunitarias de la Amazonía, la arquitectura tradicional refleja un profundo conocimiento del entorno natural y social. Cada tipología y técnica constructiva responde a un modo de vida, a una relación específica entre el ser humano y su paisaje, y a un sistema de valores que trasciende la mera funcionalidad.

No obstante, la transición hacia modelos arquitectónicos modernos, muchas veces importados sin un proceso de adaptación, ha provocado una ruptura entre la producción espacial y la identidad local. Este fenómeno, observable tanto en los entornos urbanos como rurales, evidencia una pérdida progresiva de los referentes culturales que otorgaban sentido al habitar. En numerosos casos, la arquitectura contemporánea reproduce tipologías foráneas desvinculadas del clima, de los materiales locales o de las prácticas sociales, generando espacios visualmente atractivos, pero culturalmente vacíos.

A partir de esta problemática, resulta indispensable repensar la arquitectura como una práctica cultural situada, que integre la memoria colectiva, la historia y los modos de habitar propios de cada territorio. Tal como plantea Cristian Fernández Cox (1989), “la arquitectura latinoamericana debe ser una arquitectura de identidad, no de imitación”. Esto implica una postura crítica frente a la modernidad global y una revalorización de las tradiciones constructivas como recursos conceptuales y técnicos para el diseño contemporáneo.

En esta línea, la identidad cultural se proyecta como un eje articulador entre pasado y futuro. Lejos de concebirse como un conjunto fijo de símbolos o estilos, debe entenderse como un proceso dinámico de reinterpretación constante. La arquitectura, al incorporar este principio, puede convertirse en un instrumento de transformación social capaz de fortalecer la cohesión comunitaria y promover un desarrollo territorial sostenible. En efecto, la identidad no se conserva por mera repetición del pasado, sino por su capacidad de renovarse y adaptarse sin perder su sentido de pertenencia.

Desde esta perspectiva, la tarea del arquitecto contemporáneo no consiste únicamente en diseñar objetos, sino en construir significados. La obra arquitectónica adquiere valor cuando logra articular la tradición con la innovación, el entorno físico con el imaginario colectivo y la técnica con la sensibilidad cultural. De este modo, la arquitectura se reafirma como una práctica social y cultural, portadora de memoria y generadora de identidad, que permite a los pueblos reconocerse en sus espacios y proyectar su futuro desde sus propias raíces.

Figura 2. Casa Hanok

 

 

 

 

 

Nota: Fotografía de la estancia de una casa hanok Iluwayu Dalboro en Corea del Sur. Tomada de (VisitKorea, 2023)

 

 

 

 

Figura 3. Casa tradicional vernácula en Manabí-Ecuador

Casa de Bambú en Manabí, Ecuador - Arquitectura Vernácula 0

 

 

 

 

 

Nota: La casa Convento, incorpora elementos tradicionales de las construcciones de la costa ecuatoriana, para establecer un diálogo entre la arquitectura vernácula y la contemporánea. (Guillem, s.f.)

Comparativa entre Ecuador y Corea del Sur: tradición, memoria e innovación arquitectónica

El análisis comparativo entre Ecuador y Corea del Sur permite examinar cómo distintas realidades geográficas, históricas y culturales enfrentan desafíos similares en torno a la preservación de la identidad y la incorporación de la innovación arquitectónica. A pesar de las diferencias contextuales, ambos países comparten la necesidad de equilibrar la herencia cultural con las demandas del desarrollo urbano contemporáneo, buscando modelos arquitectónicos que reconcilien memoria y modernidad.

En el caso ecuatoriano, la arquitectura vernácula representa un testimonio material de la diversidad cultural y climática del territorio. Desde las viviendas de caña guadúa y madera de la Costa hasta las construcciones en adobe y teja de la Sierra, las tipologías tradicionales evidencian un profundo conocimiento empírico del entorno y una relación simbiótica entre el habitar y la naturaleza. Estas expresiones arquitectónicas no solo responden a necesidades funcionales, sino que condensan valores comunitarios, modos de vida y saberes ancestrales transmitidos de generación en generación.

Sin embargo, las políticas de modernización y urbanización implementadas desde mediados del siglo XX introdujeron una ruptura progresiva con estas tradiciones constructivas. El ideal de progreso, asociado a la imitación de modelos foráneos, derivó en la sustitución de materiales locales por sistemas industrializados y en la pérdida de referentes identitarios en la producción arquitectónica. Este fenómeno, acentuado por los procesos de globalización, ha generado un paisaje urbano heterogéneo y, en muchos casos, desarraigado de su contexto cultural.

Corea del Sur, por su parte, ha experimentado un proceso distinto pero igualmente tensionado entre tradición y modernidad. Tras la devastación de la guerra de Corea (1950–1953), el país emprendió una rápida reconstrucción orientada por los ideales del desarrollo económico y tecnológico. Este proceso generó una transformación radical del entorno urbano, impulsando una arquitectura funcionalista y de gran densidad. No obstante, a partir de la década de 1980, surgió un movimiento de recuperación de la herencia arquitectónica coreana, motivado por la necesidad de reafirmar la identidad nacional frente a la homogeneización cultural global.

En este contexto, el hanok —la vivienda tradicional coreana— se revalorizó como símbolo de equilibrio entre naturaleza y ser humano. Su estructura en madera, los patios interiores y la integración con el paisaje reflejan una concepción espacial centrada en la armonía y la introspección. El gobierno coreano, consciente del valor patrimonial de estas construcciones, implementó políticas de conservación y programas de rehabilitación urbana que promovieron la coexistencia de lo tradicional con lo contemporáneo.

La experiencia surcoreana demuestra que la innovación no necesariamente implica ruptura con el pasado, sino que puede surgir de la reinterpretación crítica de la tradición. Arquitectos como Kim Swoo-geun y Seung H-Sang han desarrollado propuestas que integran la memoria y la modernidad, utilizando materiales locales y técnicas artesanales en diálogo con nuevas tecnologías constructivas. Este enfoque ha permitido construir una arquitectura contemporánea con raíces culturales sólidas, capaz de proyectar una identidad nacional reconocible en el escenario global.

Ecuador, en cambio, aún enfrenta el desafío de consolidar una visión de desarrollo arquitectónico que incorpore su diversidad cultural como fuente de innovación. A pesar de los avances en materia de conservación patrimonial y diseño sostenible, persiste la tendencia a adoptar modelos estandarizados sin una reflexión profunda sobre su pertinencia territorial. La falta de políticas integrales de gestión del patrimonio vernáculo y la limitada articulación entre las instituciones públicas, la academia y las comunidades han obstaculizado la valorización de la arquitectura como recurso de identidad y desarrollo.

El contraste entre ambos países revela que la sostenibilidad cultural depende tanto de la voluntad política como de la conciencia colectiva respecto a la memoria y la identidad. Corea del Sur ha logrado institucionalizar la preservación patrimonial como parte de su estrategia de desarrollo urbano y turístico, mientras Ecuador continúa en proceso de reconocer plenamente la dimensión cultural del territorio como base para un urbanismo más sensible y participativo.

De esta comparación se desprende que la arquitectura puede actuar como un medio de mediación entre lo local y lo global, entre la tradición y la innovación. Cuando la memoria colectiva se integra en el diseño contemporáneo, el espacio construido adquiere una dimensión simbólica que fortalece la cohesión social y la identidad nacional. En cambio, la ausencia de esta integración conduce a la pérdida de autenticidad y a la fragmentación cultural del territorio.

Figura 4. Cerro Santa Ana en Guayaquil

 

 

 

 

 

Nota:. Vista panorámica del Cerro Santa Ana, Guayaquil, Ecuador. Este cerro histórico, considerado el origen de la ciudad desde el siglo XVI, combina arquitectura colonial restaurada, espacios públicos y miradores que fortalecen el sentido de lugar y la identidad local (ViajandoX, s.f.)

 

 

 

 

 

 

 

Figura 5

. Plaza Gwanghwamun

Nota: Vista panorámica de Gwanghwamun Plaza, Seúl, Corea del Sur, espacio público renovado que integra historia, cultura y urbanismo contemporáneo. La plaza, ubicada frente al Palacio Gyeongbokgung, es un lugar emblemático que refuerza el sentido de lugar y la identidad nacional coreana (Advisor.Travel, 2016)

La arquitectura como mediadora entre memoria y desarrollo

La arquitectura, en su condición de disciplina cultural y técnica, se sitúa en el punto de encuentro entre memoria y desarrollo. Su capacidad para materializar valores, proyectar visiones de futuro y conservar los significados del pasado le otorga un papel estratégico en la construcción de sociedades sostenibles y con identidad.

En un contexto global marcado por la aceleración tecnológica y la expansión urbana, la arquitectura enfrenta el reto de reconciliar la innovación con la preservación del sentido cultural del espacio. El riesgo de disociar el progreso material de los fundamentos simbólicos que sustentan la vida colectiva ha llevado a numerosos teóricos —entre ellos Frampton (1983), Ricoeur (2000) y Tzonis & Lefaivre (2012)— a reivindicar una práctica arquitectónica situada, que reconozca las particularidades del territorio y las experiencias de sus habitantes.

Esta perspectiva concibe la arquitectura no solo como respuesta a necesidades funcionales, sino como un acto de significación. El espacio edificado se transforma en un soporte de memoria cuando es capaz de reflejar las continuidades históricas y las aspiraciones colectivas. A su vez, se convierte en motor de desarrollo cuando logra articular innovación tecnológica, eficiencia ambiental y pertinencia cultural. En este equilibrio radica la posibilidad de un progreso verdaderamente sostenible: aquel que respeta las raíces y proyecta el futuro sin renunciar a la identidad.

La mediación entre memoria y desarrollo requiere políticas públicas integrales, educación patrimonial y un compromiso ético de los profesionales del diseño. Implica también reconocer la arquitectura vernácula como una fuente de conocimiento técnico y cultural, susceptible de ser reinterpretada en clave contemporánea. La incorporación de materiales locales, técnicas pasivas y estrategias bioclimáticas no solo reduce el impacto ambiental, sino que refuerza el vínculo entre comunidad y territorio, entre historia y modernidad.

Asimismo, la participación ciudadana emerge como un componente esencial de esta mediación. La construcción colectiva de la memoria y la identidad debe trascender la esfera disciplinar para incluir las voces y saberes de los habitantes. Solo de ese modo la arquitectura puede cumplir su función social: ser un lenguaje de encuentro entre la diversidad y la innovación, entre la permanencia y el cambio.

fusionan la salvaguarda del patrimonio con la innovación tecnológica y el involucramiento de los ciudadanos, fomentando una sostenibilidad cultural que robustece la identidad y la capacidad de resistencia social. La comparación muestra que, aunque ambos países reconocen la relevancia de la sostenibilidad cultural, Corea del Sur ha progresado con más efectividad en incorporarla en sus políticas y prácticas de arquitectura, lo que constituye un referente valioso para entornos latinoamericanos como Ecuador.


Figura 6. Centro de desarrollo Productivo Comunitario Las Tejedoras

Nota: Espacio comunitario construido con materiales locales en la costa de Ecuador, ejemplo de arquitectura que promueve la sustentabilidad cultural al integrar técnicas tradicionales, participación comunitaria y adaptación climática. Este tipo de proyectos refuerza la identidad local y la resiliencia social, alineándose con los principios de sostenibilidad cultural en el desarrollo arquitectónico contemporáneo (Zapico, 2023)

Figura 7
. Chungnam Art Museum en Corea del Sur

 

Nota: Este museo ha sido diseñado como uno de los primeros museos de energía cero en el país, integrando sostenibilidad ambiental y participación comunitaria. Su arquitectura busca convertirse en un centro cultural y social que fomente el encuentro, la creatividad y el sentido de pertenencia, al tiempo que utiliza materiales duraderos y tecnologías avanzadas para minimizar el impacto ambiental. (UNStudio, 2021).

 

MATERIALES Y MÉTODOS

El estudio se fundamenta en un enfoque cualitativo y comparativo, basado en revisión bibliográfica y análisis de casos. Se examinaron teorías sociológicas, filosóficas y arquitectónicas sobre memoria colectiva, identidad y regionalismo crítico, así como ejemplos prácticos de Ecuador y Corea del Sur. El análisis incluyó edificios patrimoniales, viviendas vernáculas, espacios públicos y museos que representan la memoria colectiva, considerando tanto su dimensión simbólica como su función social y urbana.

El método permite evaluar la tensión entre globalización y regionalismo crítico, así como la implementación de estrategias de sostenibilidad cultural, mediante el estudio de casos como el Palacio Gyeongbokgung, los hanok y la arquitectura vernácula de Manabí. Además, se incorporaron percepciones ciudadanas a través de encuestas digitales, con el fin de evaluar la valoración de la identidad, la tradición y la participación comunitaria en ambos países.

 

 

 

Fundamentación teórica de los materiales didácticos manipulativos y su contribución al aprendizaje en Educación Inicial

A pesar de los avances en las metodologías de enseñanza, aún persisten desafíos relacionados con la utilización efectiva de materiales manipulativos didácticos en el aula, lo que plantea la necesidad de profundizar en los fundamentos teóricos que sustentan su empleo y su incidencia en el aprendizaje matemático infantil.

El material didáctico constituye un recurso fundamental dentro del proceso educativo, ya que favorece la comprensión, construcción y consolidación de conocimientos en los estudiantes. Según Pacheco y Arroyo (2022), estos materiales comprenden objetos, recursos y medios que facilitan el descubrimiento y el aprendizaje de conceptos, especialmente en el área matemática. Su utilización permite que los infantes interactúen activamente con los contenidos, fortaleciendo la adquisición de conocimientos de manera significativa. Además, contribuyen a mejorar la atención, la motivación y la participación dentro del aula. Por esta razón, los materiales didácticos son considerados herramientas esenciales para promover experiencias de aprendizaje más dinámicas y efectivas.

De igual manera, el material didáctico favorece no solo el desarrollo cognitivo, sino también el aspecto emocional del infante.  Jaya (2023), sostiene que estos recursos generan espacios de reflexión, diálogo y expresión emocional, permitiendo que el infante participe activamente en su proceso formativo. La utilización adecuada de materiales atractivos despierta el interés de los infantes y facilita la construcción de aprendizajes duraderos. Asimismo, fortalece la interacción entre docentes y niños, creando ambientes de confianza y participación. En consecuencia, el material didáctico se convierte en un elemento indispensable para alcanzar una educación integral y significativa.

Los materiales didácticos pueden clasificarse de diversas maneras según sus características y finalidades. Bastida y Maldonado (2022), señalan que existen materiales vinculados al juego, al desarrollo sensorial, al lenguaje, a las matemáticas, a la observación y a la experimentación. También pueden clasificarse como visuales, auditivos, audiovisuales, tangibles e intangibles, dependiendo de la forma en que estimulan el aprendizaje. Esta diversidad permite a los docentes seleccionar los recursos más adecuados según las necesidades y estilos de aprendizaje de cada estudiante. La adecuada elección de materiales favorece el desarrollo de capacidades cognitivas y sensoriales, mejorando el rendimiento académico y personal de los infantes.

Dentro de esta clasificación destacan los materiales estructurados y no estructurados. Los materiales estructurados han sido diseñados específicamente con fines educativos, como el ábaco, los bloques lógicos o las regletas numéricas, mientras que los no estructurados corresponden a objetos del entorno que pueden utilizarse con propósitos pedagógicos. Marín (2024), citando al Ministerio de Educación, señala que estos últimos favorecen la experimentación, la creatividad y la representación simbólica mediante la interacción directa con diversos elementos. Por su parte, Villa (2024), destaca que los materiales estructurados son multifuncionales y pueden adaptarse a diferentes edades y objetivos educativos. Ambos tipos son complementarios y contribuyen al desarrollo integral del aprendizaje matemático.

En el contexto actual, también se reconoce la existencia de materiales textuales, audiovisuales, manipulativos, interactivos y gráficos, los cuales cumplen funciones específicas dentro del proceso educativo. García y Tuárez (2024), indican que estos recursos pueden utilizarse para la enseñanza, el aprendizaje y la evaluación en los diferentes niveles educativos. En educación inicial, se priorizan materiales interactivos, audiovisuales y manipulativos debido a las características propias del desarrollo infantil, estos recursos facilitan la exploración, la experimentación y la construcción de conocimientos mediante experiencias concretas. Por ello, su incorporación resulta fundamental para favorecer aprendizajes significativos desde los primeros años de escolaridad.

 

Bases conceptuales del aprendizaje infantil y del aprendizaje matemático en el contexto de Educación Inicial

El aprendizaje constituye un proceso mediante el cual las personas adquieren conocimientos, habilidades y estrategias que les permiten adaptarse a su entorno. Aguilar (2020), citando a Martí Castro, define el aprendizaje como un proceso que genera transformaciones en el individuo y en el contexto donde se desarrolla. Este proceso no ocurre de manera uniforme, ya que cada infante aprende según sus características, intereses y ritmos de aprendizaje. En consecuencia, la educación debe responder a esta diversidad mediante estrategias que promuevan la participación activa y la construcción significativa del conocimiento. El aprendizaje, además, favorece la interacción social y el respeto por las diferencias individuales.

Desde la perspectiva del aprendizaje significativo, Baque y Portilla (2021), citando a Ausubel y Moreira, sostienen que aprender implica relacionar los nuevos conocimientos con las experiencias previas, permitiendo comprender, analizar y aplicar la información en diferentes contextos. Este enfoque supera la simple memorización y promueve el desarrollo del pensamiento crítico y la resolución de problemas. Asimismo, destaca la importancia del docente como mediador que guía la construcción del conocimiento mediante metodologías innovadoras y pertinentes. De esta manera, el aprendizaje adquiere sentido para el infante y puede transferirse a situaciones de la vida cotidiana.

El aprendizaje en educación inicial posee una relevancia especial debido a que durante esta etapa se establecen las bases del desarrollo integral. Conde (2022), destaca que los avances en el conocimiento sobre la infancia han permitido reconocer la importancia de los primeros años en la formación de habilidades futuras. En este nivel educativo, los infantes desarrollan capacidades cognitivas, sociales, afectivas y motrices a través de experiencias significativas. El docente tiene la responsabilidad de crear ambientes enriquecedores que favorezcan la exploración, el juego y la creatividad. Estas experiencias contribuyen a la formación de infantes autónomos, curiosos y capaces de construir su propio conocimiento.

Respecto al aprendizaje matemático, Gutiérrez (2021), citando a Dienes, explica que este proceso se desarrolla de manera progresiva, iniciando con la familiarización del niño con su entorno y avanzando hacia niveles más complejos de representación, comunicación y formalización del conocimiento. La matemática está presente en la vida cotidiana y permite desarrollar habilidades de razonamiento, análisis y solución de problemas. Su enseñanza desde edades tempranas favorece la construcción de estructuras cognitivas sólidas que servirán de base para futuros aprendizajes. Conjuntamente, promueve la curiosidad, la creatividad y la capacidad de interpretar situaciones de manera lógica y organizada.

 

El desarrollo del pensamiento lógico-matemático mediante el uso de materiales manipulativos

El aprendizaje lógico-matemático se construye a partir de la interacción del infante con los objetos y situaciones de su entorno. Quimis y Suárez (2023), citando a Valecillos, afirman que este conocimiento no se transmite directamente, sino que se construye mediante experiencias que permiten reconocer características como color, forma, tamaño y textura. A través de la exploración y manipulación, los niños desarrollan habilidades para clasificar, comparar, ordenar y establecer relaciones entre los objetos. Estas experiencias favorecen la formación del pensamiento lógico y fortalecen la comprensión de conceptos matemáticos básicos. Por ello, resulta indispensable ofrecer oportunidades constantes de interacción con materiales concretos.

Finalmente, el Currículo de Educación Inicial del Ecuador, citado por Pacheco & Arroyo (2022), establece que las relaciones lógico-matemáticas deben desarrollarse mediante experiencias motivadoras, exploratorias y vinculadas con el entorno del niño. El docente debe favorecer la adquisición de nociones relacionadas con forma, tamaño, cantidad, color, textura y tiempo mediante recursos concretos y actividades significativas. Para ello, se recomienda el uso de materiales manipulativos como dados, legos, cuentas, ábacos, tangram, ensartados, torre rosa, bloques lógicos, rompecabezas, figuras geométricas, dominós, regletas de Cuisenaire y geoplanos (Pacheco & Arroyo, 2022). Estos recursos fortalecen el pensamiento lógico-matemático, estimulan la resolución de problemas y facilitan la construcción de aprendizajes duraderos en los infantes de educación inicial.

La presente investigación se desarrolló bajo un enfoque mixto, al integrar procedimientos cuantitativos y cualitativos para comprender la relación entre el uso de materiales didácticos manipulativos y el aprendizaje de la noción de cantidad en infantes de Educación Inicial. El componente cuantitativo permitió identificar el nivel de adquisición de la noción de cantidad mediante la aplicación de una lista de cotejo con criterios de evaluación previamente establecidos, mientras que el componente cualitativo facilitó la observación de las interacciones de los infantes con los materiales manipulativos durante las actividades pedagógicas, favoreciendo una comprensión más amplia del fenómeno estudiado.

La investigación fue de alcance descriptivo, ya que tuvo como finalidad caracterizar el comportamiento de las variables de estudio sin intervenir sobre ellas, describiendo las manifestaciones del aprendizaje de la noción de cantidad en función del empleo de materiales manipulativos. Asimismo, correspondió a una investigación básica, debido a que buscó aportar evidencia científica que fortalezca el conocimiento existente sobre la enseñanza de las matemáticas en Educación Inicial, sin pretender modificar las condiciones propias del contexto educativo.

En cuanto al diseño metodológico, se empleó un diseño no experimental de corte transversal. La investigación se realizó sin manipular deliberadamente las variables, observando los acontecimientos en su contexto natural durante el periodo académico 2024-2025. Este diseño permitió analizar el nivel de desarrollo de la noción de cantidad alcanzado por los infantes a partir de las experiencias de aprendizaje desarrolladas con materiales manipulativos, respetando las condiciones habituales del entorno escolar.

El estudio se desarrolló mediante una investigación de campo, puesto que la información fue obtenida directamente en la Unidad Educativa de Fuerzas Armadas Colegio Militar N.º 6 Combatientes de Tapi, ubicada en el cantón Riobamba. La institución ofrece educación en los niveles de Inicial, Educación General Básica y Bachillerato, contando con infraestructura adecuada para el desarrollo de actividades pedagógicas y una comunidad educativa conformada por docentes especializados y estudiantes de diferentes niveles. La recopilación de información en el escenario real permitió obtener datos confiables y pertinentes sobre el comportamiento de las variables de estudio, garantizando una aproximación objetiva a la realidad educativa analizada.

La población estuvo conformada por 20 estudiantes de preparatoria, con edades comprendidas entre los 5 y 6 años, pertenecientes a la institución educativa seleccionada. Del total de participantes, 11 correspondieron al sexo masculino (55 %) y 9 al sexo femenino (45 %). Debido al reducido número de estudiantes, se trabajó con la totalidad de la población, por lo que no fue necesario realizar un procedimiento de muestreo. Esta decisión permitió obtener información representativa del grupo objeto de estudio y realizar una valoración integral del desarrollo de la noción de cantidad en los infantes participantes.

Como técnica de recolección de datos se utilizó la observación directa, por considerarse el procedimiento más adecuado para registrar el desempeño de los infantes durante las actividades de aprendizaje desarrolladas con materiales didácticos manipulativos. La observación permitió identificar de manera sistemática las habilidades demostradas por los infantes, registrando evidencias relacionadas con el reconocimiento y comprensión de la noción de cantidad en situaciones concretas de aprendizaje.

El instrumento empleado fue una lista de cotejo, diseñada para valorar el nivel de desarrollo de los indicadores establecidos en la investigación. La lista de cotejo contempló una escala de valoración conformada por tres niveles: Iniciado, En proceso y Adquirido, permitiendo registrar objetivamente el desempeño alcanzado por cada estudiante. Este instrumento facilitó la organización sistemática de la información, la verificación del cumplimiento de los criterios de evaluación y el análisis de las dimensiones relacionadas con el aprendizaje matemático en la primera infancia.

El procedimiento para la recolección de la información comprendió varias etapas. En primer lugar, se realizó la validación del instrumento por parte de la docente tutora. Posteriormente, se efectuó la aplicación presencial de la lista de cotejo durante el desarrollo de las actividades con los estudiantes de preparatoria. Una vez recopilada la información, los datos fueron revisados, organizados y sistematizados para facilitar su posterior procesamiento estadístico. Finalmente, se elaboraron tablas y gráficos de barras mediante Microsoft Word, acompañados de un análisis descriptivo que permitió interpretar los resultados obtenidos en función de los objetivos planteados y del sustento teórico de la investigación.

El análisis de la información se desarrolló mediante procedimientos de estadística descriptiva, utilizando frecuencias y porcentajes para sintetizar los datos obtenidos. La representación gráfica de los resultados permitió identificar tendencias en el nivel de adquisición de la noción de cantidad y valorar la contribución de los materiales didácticos manipulativos dentro del proceso de aprendizaje. La integración del análisis cuantitativo con las observaciones realizadas durante el trabajo de campo proporcionó una comprensión más amplia del fenómeno investigado, fortaleciendo la interpretación de los resultados y las conclusiones del estudio.

 

 

RESULTADOS

Memoria colectiva y arquitectura

La revisión bibliográfica evidencia que la memoria colectiva actúa como mecanismo social para reconstruir la historia y fortalecer la identidad cultural y la cohesión social (Halbwachs, 2004; Nora, 2008; Ricoeur, 2000). La arquitectura materializa estas narrativas, desde edificaciones vernáculas hasta monumentos y espacios públicos, desempeñando un rol comunicativo y simbólico (Gardinetti, 2023; Rapoport, 1972).

La globalización ha generado patrones arquitectónicos homogéneos que afectan la diversidad cultural y el sentido de pertenencia (Koolhaas, 1995; Frampton, 1983). En respuesta, el regionalismo crítico surge como estrategia para integrar elementos culturales, climáticos y materiales locales en la arquitectura contemporánea, reforzando identidad y resiliencia social (Frampton, 1983; Keçeci & Keçeci, 2024).

Comparativa Ecuador-Corea del Sur

Ecuador: La arquitectura vernácula en Manabí refleja identidad cultural y adaptación climática mediante el uso de materiales autóctonos y técnicas tradicionales. La modernización ha reemplazado gradualmente estos modelos con edificaciones estandarizadas, afectando la continuidad cultural y la memoria colectiva.

Corea del Sur: Tras la guerra, se adoptó un desarrollo urbano funcionalista, pero desde los años 1980 se revalorizaron los hanok y monumentos patrimoniales, integrando tradición y modernidad mediante políticas de conservación, innovación tecnológica y participación ciudadana.

Espacios públicos y sostenibilidad cultural

Casos como el Cerro Santa Ana en Ecuador y la Plaza Gwanghwamun en Corea muestran que los espacios públicos facilitan la recuperación de la memoria colectiva y fortalecen la identidad territorial (Norberg-Schulz, 1980; Nora, 2008). La sostenibilidad cultural, que integra patrimonio, participación ciudadana y eficiencia tecnológica, se evidencia en proyectos como el Museo Chungnam (UNStudio, 2021) y el Centro Las Tejedoras en Ecuador (Zapico, 2023).

Encuesta ciudadana

La percepción de los ciudadanos destaca diferencias significativas entre ambos países en términos de preservación cultural, impacto de la globalización e implicación comunitaria. Corea del Sur muestra un mayor equilibrio entre innovación y tradición, mientras que Ecuador presenta desafíos relacionados con la urbanización rápida y la limitada participación ciudadana.

Figura 8. Comparación de opiniones sobre tradición, modernidad y participación en la arquitectura.

Nota: Datos sobre las opiniones de las personas del Ecuador sobre la influencia cultural entre tradición y modernidad entre Ecuador y Corea. Edición propia.

La memoria colectiva es un mecanismo activo en la configuración de espacios urbanos y arquitectónicos, estableciendo identidad y cohesión social. La globalización tiende a homogeneizar los lenguajes arquitectónicos, poniendo en riesgo la autenticidad y diversidad cultural. En este contexto, el regionalismo crítico se presenta como una respuesta estratégica que integra valores territoriales y culturales en la arquitectura contemporánea.

La experiencia surcoreana demuestra que la innovación tecnológica y la preservación cultural son compatibles cuando se implementan estrategias participativas, restauración patrimonial y planificación urbana contextualizada. Ecuador, por su parte, enfrenta retos vinculados con la modernización rápida y la fragmentación de la memoria colectiva, lo que evidencia la necesidad de políticas integrales que promuevan la participación comunitaria y la sostenibilidad cultural.

5. Conclusiones

La relación entre memoria, identidad y arquitectura constituye un campo de reflexión crítica fundamental en el pensamiento contemporáneo. Más allá de su dimensión estética o técnica, la arquitectura actúa como depositaria y productora de significados, configurando los imaginarios colectivos y contribuyendo a la construcción simbólica de las naciones.

El estudio comparativo entre Ecuador y Corea del Sur evidencia que la preservación de la memoria no es un obstáculo para la innovación, sino su condición de posibilidad. Cuando la tradición se aborda de manera crítica, puede convertirse en fuente de creatividad proyectual y en herramienta de sostenibilidad cultural. En cambio, su exclusión conduce a la pérdida de autenticidad y a la desconexión del ser humano con su entorno.

En Ecuador, la recuperación del valor simbólico de la arquitectura vernácula y patrimonial constituye una oportunidad para repensar el desarrollo territorial desde la identidad. En Corea del Sur, la articulación entre políticas culturales, gestión patrimonial y diseño contemporáneo demuestra que la modernidad puede construirse sin renunciar a las raíces. Ambos casos, aunque diversos, convergen en la idea de que la arquitectura es una forma de memoria activa: un espacio de mediación entre el pasado y el futuro, entre lo local y lo global.

La reflexión arquitectónica contemporánea debe, por tanto, asumir una postura crítica frente a la homogeneización cultural y a la mercantilización del espacio. Integrar la memoria colectiva en los procesos proyectuales no significa reproducir el pasado, sino reinterpretarlo desde las necesidades actuales. En esa capacidad de articular continuidad y transformación radica el potencial de la arquitectura para contribuir a un desarrollo humano integral, equitativo y culturalmente pertinente.

CONCLUSIONS

La arquitectura funciona como depositaria y productora de significados culturales, consolidando la identidad y la memoria colectiva.

La integración crítica de tradición e innovación fortalece la cohesión social y la resiliencia urbana.

Corea del Sur evidencia que la preservación patrimonial puede coexistir con innovación tecnológica y participación ciudadana; Ecuador requiere consolidar políticas integrales que fomenten estos principios.

El regionalismo crítico emerge como herramienta estratégica para reconciliar globalización y especificidad local, asegurando la continuidad cultural.

La sostenibilidad cultural, que combina patrimonio, innovación y participación, constituye un enfoque imprescindible para el desarrollo urbano contemporáneo.

 

REFERENCES

Arquitectura e identidad cultural en el Perú. El universo simbólico en el encuentro de lo auténtico y lo apropiado durante el siglo XX - AREA - Agenda de Reflexión en Arquitectura, Diseño y Urbanismo. (2022, 2 de agosto). ÁREA - Agenda de Reflexión en Arquitectura, Diseño y Urbanismo. https://area.fadu.uba.ar/area-2802/castaneda-silva2802/

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